
ANALOGÍAS CÓSMICAS.
La plenitud y la integridad de lo que existe, ha existido y existirá, tiene un nexo en común: Es, ha sido o será, una realidad, una unidad, una distinción respecto a lo que no es. Cualquier cosa es la construcción perceptible de un equilibrio admirable.
Una presencia es la expresión de un mecanismo exacto que trabaja detrás de la profundidad más inapreciable, que provoca que los tejidos materiales de las que se compone toda la creación no sean más que el eco o reflejo de su estado de vibración.
Éste mecanismo incorpóreo e imperceptible es una maquina perfecta, capaz de sustentarse y equilibrase a sí misma gracias la alquimia que producen sus diversas partes o mecanismos. Tan maravillosa e impecable que existe como columna sustentadora de cualquier forma de distinción, y a la que denominamos unidad.
Todo está relacionado entre sí, gracias a tener como fundamento el mismo sistema de mutaciones, al ser una unidad, y cualquier modificación en cualquier cosa tiene un eco o repercusión en su núcleo que readaptará la base de toda la realidad primordial.
El núcleo astral se forma por una cohesión alquímica entre dos principios: El masculino y el femenino, y, dependiendo de la relación que pueda tener una dualidad respecto a otra o a otras partes del mismo núcleo astral, discernimos y nombramos sus distintas características mediante lo que conocemos como números. Los números son referencias a mecanismos concretos de mutación, de estados y vínculos que luego terminan por manifestarse físicamente como un algo o duración partiendo desde el uno.
Todo puede traducirse a un lenguaje puramente matemático, a patrones simétricos minuciosos, a formas geométricas que son la referencia y la conexión directa al núcleo de vida de cualquier cosa, desde un simple reflejo o milésima de segundo a una estrella o ente vivo.
El ser humano es una forma de armonía, un lapso físico y material, animado por esa individualidad astral, ese núcleo o mecanismo que busca encontrar su equilibrio y su perfección. Como tal, como existencia, el ser humano es un conjunto de diversos estados de vibración, de números en estado puro cuya naturaleza se manifiesta de un modo u otro al conectarse a su propia realidad física y palpable, pero sin desconectarse en ningún momento del biorritmo cósmico que, a su vez, alimenta y nutre su proceso más íntimo.
El cosmos es el mayor ente conocido, y como tal, su estado de vibración interior modifica y polariza los estados de vibración de las cosas que viven en de él, pues las cosas que se encuentran dentro de él, no dejan se ser una pequeña célula de su inmensa complejidad. El mecanismo cósmico se manifiesta físicamente mediante su constante estado de mutación, al que denominamos tiempo, del mismo modo que el ser humano, en conjunto o individualmente, también se demuestra físicamente de una manera acorde al estado de vibración del cosmos.
Gracias a ésta correlación exacta, en los movimientos que nos presenta el cosmos podemos apreciar su estado de vibración, y por analogía, comprender la forma astral que tiene cualquier existencia al nacer dentro de ese cosmos: La que en ese momento el entorno estaba irradiando respecto el centro que es el punto del nacimiento.
Un punto de nacimiento es un umbral que puede traducirse a una serie de instrucciones fisiocromáticas que serán, en conjunto, el programa real que cada Ser posee, y que puede serle reimplantado en cualquier momento gracias al sistema arquetípico desarrollado en el método Aharti.
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